lunes, 15 de septiembre de 2014

¿LIBERTAD O SOLEDAD?




Ayer me reencontré con Marrakech (y con París, Berlín y Roma) gracias a la recomendable cinta italiana "VIAJO SOLA".   En ella se refleja la vida de Irene, una crítica de hoteles de lujo que, amparándose en el anonimato de su condición, se dedica a sacar a la luz todos los errores que detecta en los establecimientos de cinco estrellas donde discurre su actividad laboral. 

Más allá de la emoción que siempre me supone ver en imágenes algunas de la ciudades que he tenido la suerte de visitar, me quedo con la reflexión de la protagonista de la película cuando, en un momento de la proyección, manifiesta que, lo que ella calificaba como LIBERTAD, en realidad era SOLEDAD. Y es que, por fortuna, mis viajes los realizo en la mejor compañía posible, la de mis seres más queridos. Ojalá siga siendo así en el futuro.


Así me pasó cuando, cumpliendo un deseo largamente anhelado, conocí la fascinante ciudad marroquí en mayo de 2007 junto a dos amigas y, lejos de defraudar mis expectativas, todo en ella me resultó apasionante: la peculiar arquitectura árabe, la sugerente gastronomía, el zoco lleno de vida, la imponente mezquita, el palmeral infinito, la famosísima plaza central -su auténtico corazón- y las montañas nevadas del Atlas como bello telón de fondo.


Hasta entonces, sólo había tenido la inmensa fortuna de conocer Túnez, el más occidentalizado de los países del norte de África, pudiendo disfrutar intensamente de sus maravillosas playas, sus vestigios romanos, sus casas blancas y azules, su luz cegadora y su  inolvidable música. Aquella experiencia tunecina la guardo en el cofre de mis más preciados tesoros y confieso abiertamente que caí rendida a unos encantos que me revelaron un mundo desconocido que nada tenía en común con aquel otro que me vio nacer y en el que, en plena etapa universitaria, aún vivía.


Quienes afirman que la reencarnación existe, tal vez justifiquen así la  extraña sensación de pertenencia a esa milenaria cultura que me invadió por completo cuando, en 1992, visité por vez primera la Alhambra de Granada. Recorriendo cada uno de los edificios, escuchando el murmullo de las fuentes y paseando por los jardines entre fragancias de azahar me sentí como en mi propia casa.


Admito que mi visión pueda resultar en exceso subjetiva, por más que no me impida reconocer en esta civilización un lado oscuro que se extiende por ámbitos políticos, religiosos y culturales. Pero lo cierto es que las noticias que provienen de territorios tan cercanos y, paradójicamente, tan lejanos, me provocan una permanente inquietud. Confío en que sus poblaciones amables, de mujeres y hombres de sonrisas blancas y ojos negros, alcancen la libertad a la que aspiran y gocen de un futuro mejor. Ojalá la suerte que hace siglos les abandonó cambie de rumbo y, finalmente, les abrace.





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